Al igual que Sherezade, Galileo contó aquella última historia para no morir. Sin embargo, la historia recuerda a ambos de manera distinta. Una mentira dejó a uno fuera de la primera plana de la historia; y mil mentiras dejaron a otra, la inmortalidad en los estantes de las librerías.
La razón de ello no se deba a un número superlativo (de ser ese el caso en mi infancia habría merecido por los menos dos volúmenes y tres reediciones, todas ellas compartiendo lugar en las librerías del Perú). La razón es que una superó los obstáculos que arrastra la certeza. A sus impenitentes límites y fórmulas. Sencillamente a que Sherezade llevó su historia al final de la noche esquivando las bombardas que le imponía un decreto del Sultán.
Galileo, en cambio, fracasó en la historia porque su mentira no pudo superar a su descubrimiento. Porque estaba (y sigue estando) predeterminado que el científico destruya al burlador.
En realidad, si se observa más profundamente, las mentiras son siempre más íntimas que la verdad. Revelan parte del ser que las cuenta. Son siempre caprichosas, impredecibles y por ello divertidas. Y es allí donde se revela la verdadera personalidad: en la situación imprevista. Como en un corto de Buñuel.
Y la historia, si bien estudia la ciencia, sólo recuerda a los hombres.