Sobre nosotros, los abogados, se ha
escrito mucho y se ha dicho la verdad incluso más. Los que ejercemos esa profesión somos vistos como seres viles que merecerían, por su solo título, un infierno tan tortuoso que ni Dante haya podido describir.
Ni siquiera nos conceden la calidad de personas, lo cual es cierto en muchos casos.
Varios de los que practican nuestra profesión mienten, engañan y tuercen la verdad. Otros tantos ni siquiera se preocupan por saber si ella ha existido o existirá, simplemente dicen lo que le convenga a su cliente. Como marionetas, sólo que con mayor entrenamiento (aunque a veces se transformen en titiriteros).
Sin embargo, no todos somos así. Existen muchos que, sacrificando billeteras un poco más nutridas, se dedican a defender lo que ellos consideran que es justicia.
Otros, como yo, no nos dedicamos a tareas tan nobles. Elaboramos informes, participamos en compras de empresas y nos especializamos a litigar procedimientos de libre competencia o de mercado de valores. Pero no mentimos, ni engañamos, ni torcemos la verdad.
Ambos tenemos, a pesar de las visibles diferencias, una gran similitud: defendemos aspectos que son acordes con nuestros principios y sí ello implica defender una corporación o una persona de un barrio marginal pues lo hacemos.
A pesar de todo ello, y de muchos otros abogados en esta misma línea, nos generalizan como grandes ilusionistas que alteran la verdad y hacen de lo falso, lo cierto.
Tengo un amigo que suele decir que él no es abogado, sino que estudió derecho. Cosas muy distintas ambas. Razones para dar esa respuesta no le faltan. Él no miente ni engaña a menos que tenga más de medio litro de alcohol en la sangre y se encuentre con una señorita.
Yo sí digo que soy abogado. Pero miento sólo al contar historias y escribir algunos cuentos que guardo en el desván. Y diré que soy abogado porque, a pesar de miles de palabras y juicios y artículos en contra nuestra, seguiré ejerciendo esta profesión sin inventarme títulos o cargos. Y, sobre todo, porque soy un abogado que puede ejercer su profesión desde el otro lado del estereotipo. Alejado del murmullo de una muchedumbre que, siguiendo una tradición impuesta por la palabra general, trata de agarrarme.