viernes, enero 13, 2006

Uno breve sobre la vejez

Yo, que en muchos aspectos cambiaría, suelo entretenerme con las decisiones que toman las personas mayores. Cabe aclarar que por mayores me refiero a aquellas personas que otros llamarían, ingenuamente ellos, “abuelitos” aún cuando no los una parentesco alguno (siquiera remoto).

Unos deciden estudiar en la “nocturna”, otros escribir sus memorias, algunos motivarse con partidos de fulbito y otros tantos disimular las canas, pelear contra la locura de la edad y, en resumidas cuentas, ganarse una apariencia juvenil.

Desde este lado de la edad, parecería fácil criticarlos: ¿Dónde están las abuelitas de mi tiempo que cocinaban torres de caramelo, como diría Charlie? ¿O es que acaso no pueden llevar sus años con una frente en alto que dibuje sus alegrías, penas y tristezas? ¿Quién le contará cuentos a los nietos?

Sin embargo, esa facilidad es esclavizante. Encasilla a personas que podrían no tener ninguna característica en común, salvo el haber visto demasiados atardeceres. Olvida que, sin importar la edad, uno puede reírse de uno mismo. Disfrutar de una nueva educación o de un buen corte de pelo.

Que las señoras de edad salgan en tropel a las peluquerías como un manifiesto de una nueva revolución, mucho más extensa que un mes en el 68, que tome más ciudades que París. Y que esa revolución exprese lo que quieren ser. Lo que son. Sin prejuicios.

Justamente por eso me divierto con sus decisiones. Demuestran una sabiduría olvidada por muchos de nosotros: Tú decides respecto de tu tiempo. Tú optas por contarle cuentos a los nietos o estudiar sobre la Alejandría antigua. Tú crees que es posible actuar, libremente, sin temor o respeto al calendario. Tú nos demuestras, continuamente, a nosotros los jóvenes y no tan jóvenes que siempre es posible decidir. Cambiar tu vida. Sonreír a fin de cuentas.

Tal vez no tengas alma de cuentista. Pero al menos tienes una y la disfrutas. Y con eso es suficiente.