martes, junio 12, 2007
viernes, enero 13, 2006
Uno breve sobre la vejez
Yo, que en muchos aspectos cambiaría, suelo entretenerme con las decisiones que toman las personas mayores. Cabe aclarar que por mayores me refiero a aquellas personas que otros llamarían, ingenuamente ellos, “abuelitos” aún cuando no los una parentesco alguno (siquiera remoto).
Unos deciden estudiar en la “nocturna”, otros escribir sus memorias, algunos motivarse con partidos de fulbito y otros tantos disimular las canas, pelear contra la locura de la edad y, en resumidas cuentas, ganarse una apariencia juvenil.
Desde este lado de la edad, parecería fácil criticarlos: ¿Dónde están las abuelitas de mi tiempo que cocinaban torres de caramelo, como diría Charlie? ¿O es que acaso no pueden llevar sus años con una frente en alto que dibuje sus alegrías, penas y tristezas? ¿Quién le contará cuentos a los nietos?
Sin embargo, esa facilidad es esclavizante. Encasilla a personas que podrían no tener ninguna característica en común, salvo el haber visto demasiados atardeceres. Olvida que, sin importar la edad, uno puede reírse de uno mismo. Disfrutar de una nueva educación o de un buen corte de pelo.
Que las señoras de edad salgan en tropel a las peluquerías como un manifiesto de una nueva revolución, mucho más extensa que un mes en el 68, que tome más ciudades que París. Y que esa revolución exprese lo que quieren ser. Lo que son. Sin prejuicios.
Justamente por eso me divierto con sus decisiones. Demuestran una sabiduría olvidada por muchos de nosotros: Tú decides respecto de tu tiempo. Tú optas por contarle cuentos a los nietos o estudiar sobre la Alejandría antigua. Tú crees que es posible actuar, libremente, sin temor o respeto al calendario. Tú nos demuestras, continuamente, a nosotros los jóvenes y no tan jóvenes que siempre es posible decidir. Cambiar tu vida. Sonreír a fin de cuentas.
Tal vez no tengas alma de cuentista. Pero al menos tienes una y la disfrutas. Y con eso es suficiente.
Unos deciden estudiar en la “nocturna”, otros escribir sus memorias, algunos motivarse con partidos de fulbito y otros tantos disimular las canas, pelear contra la locura de la edad y, en resumidas cuentas, ganarse una apariencia juvenil.
Desde este lado de la edad, parecería fácil criticarlos: ¿Dónde están las abuelitas de mi tiempo que cocinaban torres de caramelo, como diría Charlie? ¿O es que acaso no pueden llevar sus años con una frente en alto que dibuje sus alegrías, penas y tristezas? ¿Quién le contará cuentos a los nietos?
Sin embargo, esa facilidad es esclavizante. Encasilla a personas que podrían no tener ninguna característica en común, salvo el haber visto demasiados atardeceres. Olvida que, sin importar la edad, uno puede reírse de uno mismo. Disfrutar de una nueva educación o de un buen corte de pelo.
Que las señoras de edad salgan en tropel a las peluquerías como un manifiesto de una nueva revolución, mucho más extensa que un mes en el 68, que tome más ciudades que París. Y que esa revolución exprese lo que quieren ser. Lo que son. Sin prejuicios.
Justamente por eso me divierto con sus decisiones. Demuestran una sabiduría olvidada por muchos de nosotros: Tú decides respecto de tu tiempo. Tú optas por contarle cuentos a los nietos o estudiar sobre la Alejandría antigua. Tú crees que es posible actuar, libremente, sin temor o respeto al calendario. Tú nos demuestras, continuamente, a nosotros los jóvenes y no tan jóvenes que siempre es posible decidir. Cambiar tu vida. Sonreír a fin de cuentas.
Tal vez no tengas alma de cuentista. Pero al menos tienes una y la disfrutas. Y con eso es suficiente.
martes, diciembre 13, 2005
You wear the sun
En los meses de verano derrapo entre las tardes por la prisa que tomo al mediodía. Debe ser por ello que a veces aparezca más allá de donde quisiera estar.
Title courtesy by: Delays - Faded Seaside Glamour(Sanctuary Records, 2004)
Title courtesy by: Delays - Faded Seaside Glamour(Sanctuary Records, 2004)
viernes, diciembre 09, 2005
jueves, noviembre 17, 2005
No cities left
Si terminase de descascarar esta ciudad, podría prepararme para ser un gran cocinero. Después de todo, ya habría pasado lo peor.
Las cáscaras podrían servir para armar un nuevo distrito, en el que sólo se permita colgar carteles de aeroplanos del 76.
Claro está, todo ello podría pasar, si terminase de descascararla.
Title courtesy by: The Dears - No cities left (Spin art, 2004)
Las cáscaras podrían servir para armar un nuevo distrito, en el que sólo se permita colgar carteles de aeroplanos del 76.
Claro está, todo ello podría pasar, si terminase de descascararla.
Title courtesy by: The Dears - No cities left (Spin art, 2004)
miércoles, noviembre 16, 2005
Hopes and fears
Los saltitos producidos por el juego de unos niños en la calle, esbozan el contorno de lo que debiera ser mi vida.
Title courtesy by: Keane - Hopes and fears (Interscope Records, 2004)
Title courtesy by: Keane - Hopes and fears (Interscope Records, 2004)
viernes, noviembre 11, 2005
Una copa en sepia
El siguiente texto se encuentra (también) en línea en:
http://www.sazonperu.com/textos/ambientes/copasepia.html
He concluido y empezado mis visitas a los bares, casi siempre, en complicidad con el blanco y negro de la noche. En ello no creo que exista mayor diferencia con cualquier otra persona. Después de todo, los que gustamos del licor siempre hemos sido niños traviesos que aún jugamos a las escondidas. Pero debo confesar que me une un lazo más íntimo (y nostálgico) con algunos bares por encima de otros tantos: sus paredes y sus fotografías.
Generalmente, las fotografías en un bar son retratos muy mal enmarcados en medio de una tabla de madera que simula una pared. Así que su encanto no se encuentra en su presentación (como suele suceder en tantas otras cosas), sino en su color usual: el sepia.
La primera vez que vi una foto en sepia era muy niño y, evidentemente, no estaba en un bar (creo que estaba en una terraza cuando miraba aquella foto). La verdad es que no me causó mayor impresión. A mis 8 años era una simple foto de una persona muerta hacía mucho tiempo y nada más. Repetí la experiencia años después, con idénticos resultados, al ver un álbum de fotos familiares. No fue sino hasta los 15 años que cambié de parecer.
Un grupo de amigos y yo, particularmente bulliciosos todos, decidimos ejercer nuestra adolescencia en un pequeño bar de Barranco cuyo nombre no recuerdo. Al llegar, nos acomodamos rápidamente en una esquina del local y pedimos nuestras primeras cervezas. Y, en medio del bullicio y del alcohol vi un par de fotos muy antiguas colgadas en una pared.
Las fotos retrataban casonas antiguas del distrito. En sepia. Como un pergamino amarillento y deshecho de tanto ser leído y expuesto a la luz. Y entre copas y risas nosotros accedimos, a través de esa fotografía, a la memoria de aquel bar. No a su historia cronológica (que seguramente, debía remontarse sólo a un par de años), sino a la historia que hacía como suya. A la historia que el lugar quería contar.
Tal vez sea efecto del alcohol, pero lo cierto es que no he podido desarrollar el mismo vínculo con otros lugares que exhiban fotografías en sepia. Yo lo atribuyo al inexplicable encanto que sólo un bar puede ofrecer con sus abrazos fraternales entre parroquianos. Porque ese retrato en sepia, sólo en ese ambiente, pareciera simular el último esfuerzo de un lugar por ganarle al tiempo y a su ingrata memoria.
Es más, les propongo algo, ¿por qué no hacen la prueba? Alguna noche de un viernes, salgan, diríjanse a un bar clásico de Lima, pidan una copa y observen sus fotografías. Si tienen mucha suerte, podrán tener el privilegio de tomar un trago haciéndole trampas al reloj.
http://www.sazonperu.com/textos/ambientes/copasepia.html
He concluido y empezado mis visitas a los bares, casi siempre, en complicidad con el blanco y negro de la noche. En ello no creo que exista mayor diferencia con cualquier otra persona. Después de todo, los que gustamos del licor siempre hemos sido niños traviesos que aún jugamos a las escondidas. Pero debo confesar que me une un lazo más íntimo (y nostálgico) con algunos bares por encima de otros tantos: sus paredes y sus fotografías.
Generalmente, las fotografías en un bar son retratos muy mal enmarcados en medio de una tabla de madera que simula una pared. Así que su encanto no se encuentra en su presentación (como suele suceder en tantas otras cosas), sino en su color usual: el sepia.
La primera vez que vi una foto en sepia era muy niño y, evidentemente, no estaba en un bar (creo que estaba en una terraza cuando miraba aquella foto). La verdad es que no me causó mayor impresión. A mis 8 años era una simple foto de una persona muerta hacía mucho tiempo y nada más. Repetí la experiencia años después, con idénticos resultados, al ver un álbum de fotos familiares. No fue sino hasta los 15 años que cambié de parecer.
Un grupo de amigos y yo, particularmente bulliciosos todos, decidimos ejercer nuestra adolescencia en un pequeño bar de Barranco cuyo nombre no recuerdo. Al llegar, nos acomodamos rápidamente en una esquina del local y pedimos nuestras primeras cervezas. Y, en medio del bullicio y del alcohol vi un par de fotos muy antiguas colgadas en una pared.
Las fotos retrataban casonas antiguas del distrito. En sepia. Como un pergamino amarillento y deshecho de tanto ser leído y expuesto a la luz. Y entre copas y risas nosotros accedimos, a través de esa fotografía, a la memoria de aquel bar. No a su historia cronológica (que seguramente, debía remontarse sólo a un par de años), sino a la historia que hacía como suya. A la historia que el lugar quería contar.
Tal vez sea efecto del alcohol, pero lo cierto es que no he podido desarrollar el mismo vínculo con otros lugares que exhiban fotografías en sepia. Yo lo atribuyo al inexplicable encanto que sólo un bar puede ofrecer con sus abrazos fraternales entre parroquianos. Porque ese retrato en sepia, sólo en ese ambiente, pareciera simular el último esfuerzo de un lugar por ganarle al tiempo y a su ingrata memoria.
Es más, les propongo algo, ¿por qué no hacen la prueba? Alguna noche de un viernes, salgan, diríjanse a un bar clásico de Lima, pidan una copa y observen sus fotografías. Si tienen mucha suerte, podrán tener el privilegio de tomar un trago haciéndole trampas al reloj.



